Nada personal: MC alinea con la 4T; del PRIMor al Fosfoforena
México volvió a asombrarse… y no por un logro nacional, sino por un episodio de vergüenza pública. Un hombre, cualquiera, salió de entre la multitud y, sin resistencia, sin una sola mano que se interpusiera, abrazó, manoseó y humilló físicamente a la Presidenta de la República.
En pleno centro de la capital. A centímetros del Palacio Nacional. Bajo la mirada, o el descuido, de quienes se suponen son el último anillo de seguridad del poder. La escena no requiere adjetivos: los hechos hablan con brutal claridad.
Un ciudadano se acercó a la presidenta Claudia Sheinbaum como quien saluda a una vecina de barrio; la rodeó con los brazos, la sujetó y, en segundos, convirtió el saludo en agresión.
El cuerpo de seguridad, ese que debería reaccionar antes de que estalle el peligro, apenas parpadeó. México entero lo vio, millones lo compartieron, y el mensaje fue tan directo como aterrador: si un desconocido puede tocar impunemente a la Presidenta, ¿qué queda para el resto de los mexicanos? No hay que exagerar, dicen algunos.
Pero ¿cómo no hacerlo cuando el absurdo roza lo trágico? ¿Cómo no dramatizar cuando la jefa de Estado —la figura mejor protegida del país— fue alcanzada por la mano de un desconocido antes que por la reacción de su escolta? En cualquier otro país, un suceso así habría detonado un escándalo de proporciones institucionales.
En Estados Unidos, en Francia, en Alemania o Japón, la cúpula de seguridad estaría ya desmantelada, los responsables sometidos a investigación inmediata, y los jefes del servicio secreto ofreciendo disculpas públicas… o sus renuncias.
Aquí, en cambio, reina el silencio. Un silencio que pesa más que la propia agresión. Nadie explica cómo pudo ocurrir semejante brecha en el cerco presidencial. Nadie asume la vergüenza ni ofrece un informe claro. Parece que se espera que el tema se diluya entre memes, tuits y distractores mediáticos.
Pero no. Este hecho no es una anécdota morbosa ni un video para redes. Es un síntoma, un espejo que refleja con precisión quirúrgica la vulnerabilidad del Estado mexicano.
Porque si el poder máximo del país puede ser tocado, interrumpido, invadido por sorpresa, ¿qué esperanza le queda a un ciudadano cualquiera que camina solo por la noche? Claudia Sheinbaum no tiene culpa de haber sido víctima.
Pero sí tiene una enorme responsabilidad ahora: hacer del incidente un punto de inflexión. No puede —no debe— permitir que su equipo de seguridad siga operando con la parsimonia burocrática de quienes creen que la investidura es blindaje suficiente.
Debería exigir una reestructuración completa del sistema de protección presidencial, una auditoría interna, una revisión de protocolos y, sobre todo, un mensaje contundente de que esto no se tolerará ni se repetirá. Porque el problema no es solo la mano que tocó a la Presidenta.
Es el país entero que dejó que esa mano llegara tan lejos. Es la costumbre nacional de normalizar lo inaceptable, de encogerse de hombros ante la incompetencia y de creer que “no pasó nada”.
Sí pasó. Pasó que el poder quedó expuesto, que la autoridad quedó en ridículo, y que la imagen del Estado mexicano fue violada en cámara lenta ante los ojos del mundo.
Si la seguridad presidencial falla, falla todo. Falla el mensaje de control, la sensación de orden, la confianza institucional. Si la Presidenta no está segura en su propio Zócalo, nadie lo está.
Y si tras este hecho no ruedan cabezas —metafóricamente hablando—, entonces habremos confirmado que México ha perdido algo más que la seguridad: ha perdido el respeto por la jerarquía, la disciplina y la vergüenza pública. Por eso, sí, hay que dramatizar.
Porque el drama es el único lenguaje que parece despertar conciencias dormidas. Lo ocurrido no fue una travesura de un simpatizante efusivo. Fue una agresión y una humillación institucional.
Una cachetada al Estado mexicano. Y mientras el país siga riéndose de lo ocurrido en lugar de exigir explicaciones, la broma seguirá siendo sobre nosotros. La República ha sido humillada…